
Todo está a punto de acabar. Luis me volvía a rechazar, y yo no podía soportarlo nuevamente. Lloré desconsolada por algunos minutos, luego me sequé las lágrimas y procedí con mi plan.
Ahora no podía ir a la playa como tenía planeado, sin embargo, eso no me fue un impedimento para desechar tal grandiosa idea… Tomé las tabletas de Seroquel (Para el tratamiento de los episodios depresivos asociados con el trastorno bipolar) y saqué cuidadosamente veintiún pastillitas color durazno. Fui al baño, y de ahí saqué otra cantidad de pastillas antidepresivas.
Con un vasito con agua entre mis manos, y con las pastillas sobre mi pantalón, acerqué la biblia y leí cualquier pasaje que me saliera en el instante. No tenía un sentido profundo. Tras esa pequeña desilusión, tomé una gran bocanada de agua, y sin pensarlo dos veces me tragué aquellas treinta y tres pastillitas.
Esperé un minuto… pero no sucedía nada.
Corrí al baño y saqué todos los sobres con medicamentos que pude encontrar. Desesperada saqué cada pastilla y guardé las cajas en mi velador. Me las tomé todas, pero nada sucedía…
Indignada me acosté y me escondí entre mi cubrecama. Al poco rato estaba durmiendo. Sin embargo, mi cuerpo se sobresaltó.
Comenzaron las fuertes convulsiones, no podía controlar mi brazo derecho y menos mi pierna izquierda. Me azoté contra la pared y me levanté asustada. No podía caminar porque todo daba vueltas. Volví a la cama, y no me pude mover más.
Pasaron alrededor de cuatro horas.
Mi mamá me fue a despertar para tomar once. Me levanté sin problemas, sin embargo, sin ánimos y con deseos de vomitar. Me senté a la mesa, tomé la cuchara y traté de ponerle azúcar a mi té. No lo pude hacer.
Mis padres y mi hermana descubrieron los sobres de las pastillas.
Al día siguiente me volvieron a llevar al psiquiatra.
Tu historia me suena tan famiiar....visitame en mi blog, comienza desde el principio; si es verdad, talvez te aburras pero tb te reiras y sentiras luego que somos amigas de antaño;).
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